Por Marcela Quiñones*

Este artículo pretende introducir al lector en un mundo de música e imagen a través de un agitado y gigante personaje como lo es la ciudad.  Ese lugar en el que cientos de personas habitan, circulan, trabajan, buscan, se enamoran, viven, sienten. Esa diva que en la noche se viste con un inmenso y elegante traje de luces y nos invita a sumergirnos en sus encantos. En el día, es asombrosa, dependiendo de las horas es delicada y calmada, pero al igual que sus habitantes se torna escandalosa, intimidante, apresurada. La música lleva de la mano a la imagen a través de la ciudad, ese gesto fílmico, esa documentación cinematográfica es llamada Sinfonía Urbana.

      En el lenguaje cinematográfico las sinfonías urbanas permiten apreciar a las ciudades del mundo a través de un recorrido guiado por el  ritmo musical, no hay palabras, no hay diálogos, más que el compás musical. La velocidad y duración de la imagen no sólo dependen de la acción que se muestren sino del ritmo de la sinfonía. Se alternan movimientos ‘rápidos’ con movimientos ‘lentos’, en el transcurso de la vida cotidiana de una gran metrópoli, las sinfonías urbanas captan retazos fragmentarios de la vida urbana.

También las sinfonías urbanas incorporan muchos procedimientos de las vanguardias: elogio y crítica de la vida mecánica e industrial, yuxtaposición de imágenes, predominio temporal de las formas puras, frente al signo figurativo.[1]

     Dentro de la historia del cine estas sinfonías tienen auge al principio del siglo XX en los años 20, lo que se denomina la época entre guerreas, cito algunas como ejemplo: En Francia, el artista brasileño Alberto Cavalcanti  hizo una película notablemente parecida, Sólo las horas en 1926 sobre la  vida de París desde el amanecer al crepúsculo. Sinfonía de una gran Ciudad de Walter Ruttman de 1927, Mercado en la Plaza Wittenberg de Wittenberg Platz de 1929, todas ellas interesadas en confrontar el cine con la realidad urbana, para llegar más allá de las apariencias de la percepción inmediata y cotidiana. Con motivo del 75 aniversario del documental de Ruttmann, se rodó un documental homenaje con un título muy semejante, Berlín, sinfonía de una gran ciudad Berlin, Sinfonieeiner Groβstadt, dirigida por Thomas Schadt en 2002.

Berlín, sinfonía de una gran ciudad, Walter Ruttman, 1927

Berlín, sinfonía de una gran ciudad, Walter Ruttman, 1927

     También en Estados Unidos los trabajos de Julius Jaenzon en New York en 1911, de Paul Strand y Charles Sheeler  Manhattan de 1921 o Ralph Steiner con H2O de 1929 sintonizaban con las propuestas que animaban las sinfonías urbanas.

     En las sinfonías se condensa una reflexión profunda acerca del sentido y de la experiencia fílmica en consonancia con el debate que aborda el cine en esta época, a la vez que articulan una cosmovisión, la construcción de un discurso en el que las ciudades, metrópolis, intentan consolidarse como grandes capitales; la modernidad es un motivo para que se produzcan estas piezas fílmicas y casi se denote en ellas un poder político en el que se intenta reflejar la identidad de la nación  a través de la grandeza de sus ciudades.

     Las chimeneas de las fábricas, el vapor son parte de esa estética de las ciudades industrializadas, las grandes maquinarias, la cantidad de trabajadores que impulsan la economía, las vías de transporte, los automóviles y los trenes que inundan las vías, son otros elementos que las sinfonías se esmeran en mostrar más.

      Parte del interés de éste corto artículo es que los lectores aprecien las sinfonías aquí citadas, entre ellas  Rain, (lluvia) en 1929 de Joris Ivens, en la que se puede ver como cambia una ciudad y la reacción de sus habitantes ante la lluvia y cómo la música va guiando las acciones rápidas o lentas de este fenómeno. La película describe un chubasco que cae sobre Ámsterdam, pero las tomas necesitaron cuatro meses de filmación. Con extraordinario belleza y precisión, Ivens  pinta las configuraciones hechas por la lluvia. La película comienza moderadamente pero luego va mostrando riqueza y complejidad.

Rain, Joris Ivens, 1929

Rain, Joris Ivens, 1929

     Indudablemente no se puede dejar de lado a otro gran director del cine documental que también se interesó en las sinfonías, Dziga Vertov.  “El ojo urbano se halla inserto en esta intensa circulación de lenguajes que puede dar lugar a una experiencia estética diferenciada: el ojo se ve obligado a seleccionar, a componer, a indagar”. Afirmación de Vertov en su libro El cine ojo, y quien es uno de los primeros directores que trata la primera tentativa de crear una obra  cinematográfica sin la participación de actores, decoradores, realizadores, sin utilizar estudio, decorados, vestuario.  Todos los personajes continúan haciendo en la vida lo que de ordinario hacen[2]. La producción que ejemplifica esto es El Hombre de la cámara, realizada en 1929 y con la cual Vertov nos introduce en el ojo mecánico, esa cámara la cual dirigida por un hombre intenta capturar la realidad que muchos vivimos pero que no se percibe.

     La ciudad se convierte en el teatro privilegiado de la acción social y en símbolo estético, un escenario donde expresar y exteriorizar las acciones más significativas, los dramas, los conflictos, las transformaciones y los anhelos sublimes de la cultura.

     Lo efímero se incorpora a la pantalla en una nueva organización temporal, rítmica, sinfónica. Muchas de estas realizaciones advierten al público no tener historia, carecen de argumento, pero las calles y vías principales, las muchedumbres, lo cotidiano y desapercibido que recogen sus imágenes se convierte en objeto de narración y de espectáculo, donde lo maravilloso anega lo cotidiano[3].

     El cine aborda la ciudad con una mirada que escruta y proyecta idearios, ya no se trata de reflejar el guión de un escritor sino de observar y registrar la vida tal y como es y sólo posteriormente deducir las conclusiones de las observaciones.

     Para acercarnos a otros casos en México Rubén Gámez nos trae La formula secreta en 1965, basado en un texto de Juan Rulfo, la voz guía la descripción geográfica. De Brasil se puede encontrar Sao Paolo sinfonía de una metrópoli en 1929 de Adalberto Kemeny y Rudolf Rex Lustig. Rapsodia Bogotá del español José María Arzuaga es un ejemplo de cómo era la capital colombiana a finales de los 60, con una duración de 24 minutos los cuales representan las horas del día y cada hora la simplifica en 60 segundos, las canciones Rapsodia in blue  y Un americano en París del músico George Gershwin son las notas que guían esta cinta. Todas las anteriores son muestras cinematográficas del cambio y modernización de las ciudades.

Rapsodia Bogotá, José María Arzuaga, 1963Rapsodia Bogotá, José María Arzuaga, 1963

     Actualmente las sinfonías continúan siendo foco de algunos directores, muchas de ellas ahora muy involucradas con temas de la problemática  ambiental, pero la música, la imagen y la ciudad siguen siendo el hilo conductor de la narrativa.

      Aquí tan solo he citado algunos ejemplos de cientos de trabajos o sinfonías urbanas que deben existir pero que poco se proyectan en las salas, espero este tema los involucre en la búsqueda y puedan apreciar alguna de estas muestras fílmicas, pues es una interesante forma de vivir, sentir o conocer una ciudad a través de ritmos musicales.

        Les comparto los links de dos sinfonías aquí citadas:

http://www.youtube.com/watch?v=eNNI7knvh8o

http://www.youtube.com/watch?v=6VysCk_–dg


[1] Dr. Dorde Cuvardic García. El tema de las horas del día del costumbrismo hasta el cine vanguardista de las sinfonías urbanas. Universidad de Costa Rica San Pedro, San José, Costa Rica.

 [2] Dziga Vertov. El cine ojo. Editorial Fundamentos. Madrid 1974.

[3] Lorente Bilbao José Ignacio. Miradas sobre la ciudad. La sinfonía como representación de la urbe. Universidad del País Vasco. 2003.

*Marcela Quiñones es comunicadora social y periodista colombiana. Actualmente cursa el segundo año de la maestría en estudios de arte en la Universidad Iberoamericana en la Ciudad de México.

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